Cuando conseguí mi primer empleo, una de la primeras inversiones que hice fue tomar clases de piano. Tenía al menos diez años que quería aprender el instrumento, pero no había tenido los recursos para hacerlo. Mi maestra era una chica muy talentosa, que había estudiado con grandes maestros y daba clases desde los quince años. Su enfoque –y lo que más me costó al inicio– era lograr una sensación de relajación en todo el cuerpo, desde los dedos de las manos hasta los dedos de los pies. Me tardé meses en sentir y soltar la tensión que cargaba sin notarla y que me impedía generar un tono bello. Si ella no me hubiera ayudado a hacer consciente esa tensión, yo jamás la habría notado.

El método Suzuki tiene una progresión prescrita de piezas que comienzan con “Estrellita” y suben progresivamente de dificultad. Al poco me di cuenta de que algunas canciones las practicaba con más gusto que otras. La razón era bien simple: si la canción me gustaba, me esforzaba por tocarla bien, aunque eso significara dedicarle más tiempo. Un día de ocio, en vez de practicar las piezas que tenía de tarea, me puse a sacar una de mis piezas favoritas de todos los tiempos: un andante de Vivaldi que siempre había soñado con tocar. Hacerlo parecía misión imposible para un principiante como yo,la pieza estaba a años luz de “Estrellita” en el espectro de dificultad. “Al menos tocaré el primer minuto, que es más lento”– pensé. En la primera sentada no pasé de sacar unas cuantas notas, pero me emocionó la posibilidad de seguirle. Así que, en la siguiente clase, le pedí a mi maestra que me ayudara a aprender todo el andante. Después de escucharlo, ella me dijo que era muy difícil y teníamos que seguir con las piezas del libro de Suzuki.

Pero, claramente, yo tenía que seguir. En la siguiente semana, volví a escuchar el dichoso andante docenas de veces, y a tratar de sacarlo. Poco a poco, las notas comenzaron a caer en su lugar, primero la melodía en la mano derecha, luego el acompañamiento en la mano izquierda, luego su gloriosa conjunción. Después de machetearle por varias sesiones, tuve una versión para principiantes del primer minuto del andante de Vivaldi. Nada para impresionar a nadie que escuchara, pero yo sentía que estaba tocando mi pieza favorita. No conté el tiempo que me tardé, pero no creo que hayan sido menos de diez horas. Diez horas para sacar un minuto de música. Sin duda una inversión de tiempo de lo más ociosa, debí simplemente seguir con las piezas del libro 1 de Suzuki. ¿O no?

Algo que noté de ese experimento es que, tal como decía mi maestra, hay piezas para principiantes y piezas que simplemente no son para principiantes. Pero también me di cuenta que el esfuerzo que uno pone en aprender lo que le gusta se recompensa con creces en forma de gozo. Esforzarse por entender algo que a uno le fascina, que sabe que entiende sólo superficialmente y que quiere entender más a fondo, es una de esas cosas que detienen el tiempo. Por el rato que estamos concentrados, sólo existimos nosotros y aquello que intentamos entender. También noté que las cosas pianísticas que el señor Suzuki quería que aprendiéramos –acordes, escalas, movimientos expresivos, entrenamiento del oído– se podían practicar en todas las piezas para piano, independientemente de si estaban o no en su serie de libros.

Mi relación con mi maestra de piano tuvo un final abrupto. Ella bateó todas mis peticiones de que me enseñara las piezas que me gustaban –desde Bach hasta Luis Fonsi. Las excusas de que “no estás listo”, “de eso hay tutoriales en YouTube”, demostraron ser sólo eso, excusas. Al final, me dijo que ella sabía por qué me ponía unas piezas y no otras, y fulminó con un simple “el maestro siempre escoge el repertorio”. Con esa frase resumió toda mi experiencia en la secundaria y la preparatoria. Como no me interesaba revivirla, tuve que darle las gracias.

En Redes de Tutoría creemos que el mejor aprendizaje es aquel que, al mismo tiempo, le brinda al estudiante la seguridad de que puede entender lo que se proponga y le abre el apetito por entender más y más cosas. Creemos también que aprender requiere esfuerzo, pues entender algo es necesariamente batallar con ello. Y no conocemos mejor motor para el esfuerzo que el interés, por eso insistimos en que los estudiantes sean, cada vez más, quienes elijan los temas que quieren estudiar. Héctor Mota de Los Reales, Tlaltenango, Zacatecas, nos pone un magnífico ejemplo de esto:

“Mi experiencia con la tutoría es que, con los temas que yo trabajo, no solamente los trabajo para aprender, sino que también para darlos a conocer a mi familia y que sirvan en algo. Como un tema que hice que me gustó mucho, que fue el alcoholismo, lo hice porque mi papá tiene ese problema, que toma mucho”.

El hecho de que Héctor se interese precisamente por el alcoholismo no debe desviar nuestra atención del hecho fundamental: los estudiantes ya saben qué quieren aprender, la vida misma les pica su curiosidad de una y mil formas. El tema específico puede ser la historia del Mundial de futbol, la novela “Drácula”, o el aparato reproductor femenino. El reto recae en manos de los maestros: aceptar como válidos los intereses que los estudiantes traen al salón y aprovecharlos como pretextos para ejercitar la comprensión lectora, el pensamiento crítico, y la reflexión sobre el proceso de aprendizaje. Pues estas habilidades son el verdadero fin de la educación, los temas del curriculum son sólo el medio para adquirirlas. ¿Trastocaría esto el diseño del curriculum como se concibe actualmente? Desde luego. ¿Ganaríamos más de lo que podemos perder? Creemos que sí, si aceptamos que en el curriculum se cumple lo que Gabriel Cámara ha escrito sobre el diálogo: “La autonomía no es lujo o capricho anarquista, sino condición necesaria para dar salida al dinamismo y creatividad del estudiante” [1, p.87].

Héctor puede contarse entre los estudiantes privilegiados cuyos maestros ya dieron el paso hacia la libertad de elegir temas. HundrED, la organización finlandesa de innovación educativa, realizó recientemente una encuesta con más de 300 jóvenes (<18 años) educados en 19 países [2]. De entre casi 20 factores propuestos para mejorar la educación, los jóvenes pusieron “aprendizaje personalizado” en 4o lugar. En efecto, el 56% de jóvenes encuestados piensa que su educación mejoraría si se adaptara a sus necesidades personales. Expresaron así sus opiniones al respecto:

Mi escuela mejoraría si…

  • [Hubiera] más libertad.

  • Los maestros dejaran de pedirme que me interesara por temas que ni me van ni me vienen.

  • [Tuviéramos] la oportunidad de usar nuestra imaginación y nuestras opiniones en nuestro estilo de aprender. [2, p. 123]

 

La educación básica va a experimentar cambios drásticos en el futuro a corto y mediano plazo. Muchos de estos cambios sorprenderán a los más expertos, pero me parece que algunos ya se ven venir y podemos predecirlos sin temor a equivocarnos. Entre ellos: los estudiantes, cada vez más, serán quienes elijan su propio repertorio.

[1] Cámara, G. (2008). “Otra educación básica es posible”. Recuperado el 28 de junio de https://redesdetutoria.com/publicaciones/

[2] Spencer-Keyse, A. Jessica & Warren, Frederika (2018), “Every Child to Flourish: Understanding Global Perspectives on Improving Education. Insights from a state of the debate review & global youth survey.’ HundrED Research. https://hundred.org/en/research

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