“¿Cómo estás?” -le pregunta el doctor a su paciente. “Bien” -contesta ella, aunque en su semblante se nota que podría estar mejor. Y no es para menos. Mientras entrenaba para un maratón, Honey se lastimó la espalda de tal forma que apenas pudo moverse en todo un mes. En el parque donde solía jugar basketball, un amigo suyo le presentó al doctor, y ella no dudó en asistir a su clínica quiropráctica.

Hoy está recibiendo su segundo ajuste de columna. Luego de una empática conversación para informarse de los cambios que ha sentido desde la primera visita, el doctor le pide que pase a la camilla de ajuste. Honey se acuesta boca abajo, inhala profundo, y al exhalar, el doctor recarga en ella todo su peso con las manos cruzadas sobre la espalda media. “¡Oooh!” -jadea la paciente, revelando dolor y alivio en iguales medidas. “¡Una hermosa alineación!” -reconforta el doctor. Luego de un segundo tronido de espalda acompañando de un jadeo igualmente liberador, el doctor pregunta casualmente “¿cómo dirías que tu mentalidad ha cambiado desde tu primera alineación?” – “¿Sabes qué? De hecho siento que… confío más en mi cuerpo, ¿sabes?” – “¡Wow!” – “En serio. ¡Y tenía tanto miedo de los quiroprácticos! Con todos sus tratamientos, me parecía abrumador. Pero estoy de veras impactada de que me puedo mover, ¿sabes?” [1]

Los quiroprácticos son el patito feo de los doctores. Algunos galenos les niegan de plano el derecho de pertenencia a su elevado olimpo. Jack Wolfson, cardiólogo de formación, admite en cambio que un quiropráctico estaría en mejor posición que él para ayudar a una persona que sufriera un ataque cardiaco a bordo de un avión [2]. Para pacientes como Honey, no cabe duda que los alineadores de columna son profesionales de la salud en pleno derecho. Y les brindo ahora un honor más: entre los doctores, son los más parecidos a los maestros- tutores.

El primero que me señaló claramente la analogía entre la labor médica y la labor docente fue el maestro Rito Longoria: “Yo me voy con una analogía, una comparación que es muy buena y que la manejamos nosotros. Decimos: a ver, cómo trabaja un médico. Un médico trabaja paciente por paciente, jamás les dice “vénganse en montón y ahí les va el discurso, ya se van a curar”, no. La educación es igual, cada cabeza es diferente es a otra; por lo tanto, cada situación de aprendizaje requiere de una atención diferenciada, de ahí la filosofía mediante la cual nosotros sustentamos la tutoría, la tutoría no es otra cosa más de que darle a cada quien lo que necesita”. [3]

A los maestros- tutores, lo mismo que a los quiroprácticos, los guía una confianza profunda en la capacidad innata de la persona a la que ayudan -ya sea para aprender o para sanar. Ambos conciben su labor como un mero recordatorio de estas capacidades. Y ambos van contra la cultura dominante de sus profesiones. Como caricaturiza el doctor Wolfson, la medicina convencional ve la enfermedad cardiaca como una deficiencia de estatinas [2’]. Los tratamientos que reciben los pacientes cardiacos rara vez se enfocan en la raíz de los problemas, y en vez los bombardean con fármacos que desajustan varias cosas por cada una que ajustan. En vez de usarse como último recurso para los pacientes que ya trataron sin éxito todos los cambios en dieta y estilo de vida, las medicinas son el recurso de primera línea. Análogamente, la educación convencional ve cualquier desviación de la respuesta esperada de los alumnos como una deficiencia de entendimiento. Se les recetan clases de regularización y tareas extras, pero raramente se hace un verdadero diagnóstico de la forma en que cada estudiante  entiende el problema que está resolviendo, o el poema que está interpretando. En realidad, sólo después de este diagnóstico personalizado podría el maestro intervenir apropiadamente. El hipotético “alumno promedio” a quien se dirigen las planeaciones docentes estándar está tan mal atendido como lo estaría un “paciente promedio” que recibiera un tratamiento desde antes de expresar sus síntomas.

La dinámica de “adivina lo que el maestro está pensando” reina en los salones de clase de la mayor parte del mundo [4], y quien no adivina igual podría irse buscando un tratamiento para su deficiencia. En cambio, la expresión del propio punto de vista en torno al tema es un privilegio al que casi nadie aspira, y la atención personal para atender las dudas, un lujo igual de inalcanzable.

Esto es lo que queremos cambiar, para dejar de mal- diagnosticar y mal- recetar a los estudiantes en nuestras escuelas. Quizá entonces -y el sólo pensarlo eriza la piel- nuestros alumnos salgan del salón diciendo “confío más en mi mente, ¿sabes?”

 

[1] DrJason. (2018, 28 jun.) Dr. Jason – LOUD & DEEP ADJUSTMENTS – RUNNER COULDN’T MOVE FOR 1 MONTH – NOW RECOVERING! Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=U8gXXBcdryA

[2] The Energy Blueprint. (2017, 30 dic.) How To Reverse Heart Disease Naturally with Dr Jack Wolfson & Ari Whitten, 35:20. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=G1SkBaL_bnU

[2’] The Energy Blueprint. (2017, 30 dic.) How To Reverse Heart Disease Naturally with Dr Jack Wolfson & Ari Whitten, 47:59. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=G1SkBaL_bnU

[3] Equipo de Redes de Tutoría. (2018) Entrevista con el maestro Rito Longoria.

[4] Alro, H. & Skovsmose, O. (2002) Dialogue and Learning in Mathematics Education. Kluwer Academic Publishing.

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